1132

Nueva York es la meca dorada del capitalismo, la Roma imperial de las últimas centurias. Nueva York es la Uruk de Gilgamesh, construida por el rey Nimrod y a cuya majestuosidad la biblia le cantó nombrándola Erech. Es por esa razón que atesora tantos enemigos, algunos formidables y temibles, otros chafallones y risibles. Lo ocurrido esta mañana en la estación de buses con el Akayed Ullah es un prístino ejemplo de bochornosa obscenidad.

1131

En el año 2011, HBO compró los derechos de una novela que aún Tom Perrotta no había terminado. Querían adaptar The Leftovers al formato de serie, quizás para redimir aquel final inacabado de Carnival, la rarísima historia de Daniel Knauf y una troupe de raros que deambulaba por las tierras medias de los Estados Unidos en tiempos miserables de la gran depresión.

Para tal encomienda pusieron al frente del proyecto a Damon Lindelof (un escritor y productor que ya había triunfado con la serie Lost) y al propio Perrotta, además de un equipo de directores de los más talentosos en el negocio; gente con un curriculum que abarcaba desde Breaking Bad hasta The Walking Dead, pasando por obras capitales del entretenimiento como Game of Thrones: Mimi Leder, Lesli Linka Glatter, Peter Berg y Carl Franklin entre otros.

Un 14 de octubre de un año indeterminado ocurre la desaparición terrible de 140 millones de personas, un 2 por ciento de la población mundial. Tres veranos después comienza la narración de esta historia que, al decir de James Poniewozik, no es para todos.

Como si una ira divina se hubiera desatado entre las gentes, de la misma manera en que el filósofo Averroes se evaporó de aquella biblioteca en la que intentaba discernir los panegíricos, sátiras y anatemas a los que aludía Aristóteles en sus estudios de la lengua, The Leftovers construye una cosmología propia y deja ver, al mismo tiempo, algo de lo que Perrotta había esbozado en una novela previa, The Little Children: ese destello luminoso del alma humana.

Perrotta, que acepta su agnosticismo cuasi irredimible, escribió la novela obsesionado por la muerte de su padre y el consiguiente peso de las religiones en el oscuro tema de la ausencia. La novela abarcaría toda la primera temporada, confeccionándose luego material adicional para las dos restantes.

Y es que ha sido la religión, quien se ha ocupado únicamente de la muerte y sus alcances. Es The Leftovers, en ese sentido, una pieza profundamente religiosa, una nueva narrativa sobre un Cristo, redimido y auto destructivo, que rehúye de cualquier atisbo de felicidad posible; una de las obras más extrañas, inquietantes y provocadoras que alguna vez se hayan filmado. Allí lo que acontece es mucho menos importante que el sentir de sus personajes, esos caracteres paridos por un dolor perpetuo, que cargan sobre sus hombros toda la aflicción posible, todos los temores y miserias. La obra, de más está decirlo, es estremecedora.

El texto de Perrota y la imaginativa posterior, la segunda y tercera temporadas, podrían asumirse como ejercicios ortodoxos donde más allá del mero acto humano de narrar, yace una verdad irrebatible: el misterio de la vida y de la muerte es eterno e invariable.

Precisamente es el misterio el elemento central de este relato pre apocalíptico, como una de esas miradas de carácter voyeur con que Bentham dotó a su panóptico en tiempos de la revolución francesa, donde sentimos que algo está pasando, pero no podemos atisbarlo en la superficie. Es la oreja podrida de Blue Velvet, que se descompone en el subsuelo mientras la gente camina despreocupada y feliz por los jardines y los parques, sin saber de los gusanos que se zampan la carne putrefacta. Las cosas ocurren y nada se puede hacer para evitarlo, nos dicen Perrotta y Lindelof.

¿Será acaso cierto aquello que nos dice Schopenhauer, en el primer volumen del Parerga und Paralipomena de que la vida y que la muerte, han sido prefijados por el hombre?

La serie, en fin, plantea numerosas interrogantes: ¿cómo lidiar con el dolor del vacío de la ausencia? ¿cómo, con la incertidumbre de no saber qué pasa tras la partida? El amor, la muerte, el sentido de pertenencia, la inevitabilidad de los hechos, son semillas que se desgajan de cada una de las interminables metáforas de la obra y se diseminan por nuestro imaginario, desandando los áridos pasajes de la intemporalidad, tal y como Borges narra el ocaso de su Pedro Damián en La Otra Muerte.

Hay aquí cuestionamientos filosóficos y religiosos muy profundos. Se habla en gran medida, por ejemplo, de la necesidad que tiene el hombre de venerar ídolos y cosas. Cuando ocurren nuevas tragedias, ven la luz nuevas creencias. Entre las tantas ramificaciones de este cuento de horror, de esta parábola casi incomprensible, en este testimonio de la locura de Dios, en este delicioso infundio sobre el apocalipsis y el miedo de los hombres, destaca singularmente esa especie de recreación de la historia del Cristo en estos tiempos que corren; un Cristo nada santo, un Cristo que se resiste a la idea de que el no morir sea real.

Las continuas muertes del sheriff Kevin Garbey, lejos de destruir su piedad, la acrecientan. Cada resurrección lo acerca a la imperfecta santidad. De allí su postrero sacrificio, accediendo a ser ahogado para responder las preguntas de los vivos. Cada nueva fuga a su Gnitaheidr lo aboca a una vigilia sin fin, donde el reposo no acaece ni se apaciguan las dudas.

Pero no existen las respuestas concluyentes, debíamos saber a estas alturas. Atender con disciplina religiosa a cada una de las narraciones de esta serie, es como soñar más de dos veces y jamás despertar a la vigilia, sino recalar en un nuevo sueño que se aviene como si fuera la realidad. Perrotta nos traslada, en fin, a un universo de sueños interminables como el Inception de Nolan.

Transitamos entre la posibilidad de una aventura ya contada y el surrealismo que se adueña de muchas de sus partes, más notable que nunca hacia la mitad de la segunda temporada. Si la primera se caracterizó por una sólida prestancia, ya a partir de la siguiente ocurre una ruptura que nos descoloca y nos hace dudar si aquello que se nos cuenta forma parte de una historia real o es, en cambio, la suma de incontables metáforas.

El epílogo no podía pasar inadvertido, si comprendemos al final cuantas lecturas nos regala una pieza de tal envergadura. The Book of Nora, el último capítulo de la serie, ha dejado desperdigado a su paso incontables opiniones que indagan en el sentido metafórico del cierre, inesperado para muchos, lineal y sensato en mi opinión, pues no da respuestas definitivas y, sin embargo, se acerca a la perfección, que no es otra cosa que dejar en paz el alma, que no es otra cosa que atenuar el dolor que nos provoca la partida de una pieza formidable.

1129

Agosto 19 del 2025: el candidato al congreso federal, Jeff Cocket, ha tenido que retirarse de la carrera electoral debido a que se han generado rumores de que hace 7 años le guiñó un ojo a la señora que trabajaba en el front desk del day care de su hija Juliette. Cocket niega las acusaciones, pero de acuerdo a la enmienda 72 C de la constitución, adoptada durante la administración Sanders, el político es lógicamente considerado como culpable hasta que se demuestre su inocencia. “Será un proceso largo y difícil, pues resulta casi un imposible demostrar que mi cliente no guiñó ese ojo” – apuntó el abogado Nick Canny, con la experiencia avalada por años de ejercicio profesional. Por lo pronto, la esposa del ex aspirante Cocket ha puesto un recurso de amparo en la corte familiar local, por lo que el político no podrá tener contacto con sus tres hijos hasta finalizada la vista pública, si es que al fin es hallado inocente…

1128. Cuba, the cameraman: la tristísima tragedia

“Coco” es la vuelta inevitable de Pixar al pináculo de la animación cinematográfica; el regreso al lugar cumbre que le corresponde, casi por derecho propio, luego de aquel 2016 infausto donde ni siquiera atesoró nominación alguna a los premios Oscar.
Doug Langdale ya había escrito una historia parecida para Twentieth Century Fox hace unos pocos años, dándole la posibilidad al animador Jorge R. Rodríguez de llevar las riendas, por primera vez, de un gran proyecto. Pero la narración del formidable Lee Unkrich sobre la tradición del día de los muertos y su homenaje soberbio a la música mexicana, el aporte de Jason Katz, Matthew Aldrich y Adrián Molina al espíritu y a la estética de la historia, resultan sencillamente insuperables.
No ha renunciado Pixar a escarbar en las profundidades filosóficas que le otorgan un carácter épico (en todo el sentido del término) a sus filmes, sobre todo a aquellos armados desde la segunda mitad de la década pasada hacia acá. En este caso, un niño llamado Miguel visita al mundo de los muertos para, sin saberlo, redimir a una familia toda, impartir justicia a un pasado que bordea el precipicio de la desmemoria, y evocar así el rescate de lo único que importa en la existencia de los hombres: el amor por sus hijos y sus padres.
La profundidad existencial de Pixar termina siempre por privilegiar el drama. El tópico del dolor de la separación y de la ausencia es casi una constante en sus obras: Finding Nemo, Up, Inside Out y sobre todo The Good Dinosaur, son ejemplos fehacientes de la capacidad de Lasseter y compañía para conmover y estremecer hasta las lágrimas. En el caso específico de “Coco”, la intensidad emocional se refuerza con una puesta en escena absolutamente inédita, que alcanza cuotas de espectacularidad nunca antes vista. La ciudad de los muertos, con sus abigarrados destellos y colores, la anatomía estética de los personajes, la profundidad de escenarios y locaciones, convertirán a esta “Coco” es un ejercicio referencial del cine futuro de animación. Es la “Toy Story” o la “Wall-E”, en ese sentido, de los tiempos que corren. Y es por ello que no habrá injusticia mayor que no premiarla con los lauros que merece, aunque el principal de todos, probablemente ya lo haya alcanzado; evitar el precipicio de la desmemoria.

1127: Coco, el precipicio de la desmemoria

“Coco” es la vuelta inevitable de Pixar al pináculo de la animación cinematográfica; el regreso al lugar cumbre que le corresponde, casi por derecho propio, luego de aquel 2016 infausto donde ni siquiera atesoró nominación alguna a los premios Oscar.
Doug Langdale ya había escrito una historia parecida para Twentieth Century Fox hace unos pocos años, dándole la posibilidad al animador Jorge R. Rodríguez de llevar las riendas, por primera vez, de un gran proyecto. Pero la narración del formidable Lee Unkrich sobre la tradición del día de los muertos y su homenaje soberbio a la música mexicana, el aporte de Jason Katz, Matthew Aldrich y Adrián Molina al espíritu y a la estética de la historia, resultan sencillamente insuperables.
No ha renunciado Pixar a escarbar en las profundidades filosóficas que le otorgan un carácter épico (en todo el sentido del término) a sus filmes, sobre todo a aquellos armados desde la segunda mitad de la década pasada hacia acá. En este caso, un niño llamado Miguel visita al mundo de los muertos para, sin saberlo, redimir a una familia toda, impartir justicia a un pasado que bordea el precipicio de la desmemoria, y evocar así el rescate de lo único que importa en la existencia de los hombres: el amor por sus hijos y sus padres.
La profundidad existencial de Pixar termina siempre por privilegiar el drama. El tópico del dolor de la separación y de la ausencia es casi una constante en sus obras: Finding Nemo, Up, Inside Out y sobre todo The Good Dinosaur, son ejemplos fehacientes de la capacidad de Lasseter y compañía para conmover y estremecer hasta las lágrimas. En el caso específico de “Coco”, la intensidad emocional se refuerza con una puesta en escena absolutamente inédita, que alcanza cuotas de espectacularidad nunca antes vista. La ciudad de los muertos, con sus abigarrados destellos y colores, la anatomía estética de los personajes, la profundidad de escenarios y locaciones, convertirán a esta “Coco” es un ejercicio referencial del cine futuro de animación. Es la “Toy Story” o la “Wall-E”, en ese sentido, de los tiempos que corren. Y es por ello que no habrá injusticia mayor que no premiarla con los lauros que merece, aunque el principal de todos, probablemente ya lo haya alcanzado; evitar el precipicio de la desmemoria.

1126

Viejas y burocráticas regulaciones se han ido eliminando, disminuyendo el papel rector del estado en disímiles áreas. Nada más cercano al conservadurismo de la constitución tras la revolución del siglo dieciocho. No está mal, luego de administraciones previas estatistas y populacheras. Lo que no entiendo es el silencio de muchos libertarios, que siempre han abogado por un gobierno pequeño y escasamente invasivo…

1125

Se ha muerto David Cassidy y sus últimas palabras a su hija fueron: “So much wasted time”. No imagino dolor más intenso. No imagino tragedia mayor. “Mucho tiempo perdido”. ¿Acaso puede llegarse al final con la pretensión de haber aprovechado cada minuto, cada segundo de nuestras vidas? Cosa difícil. Cosa triste. Cosa prácticamente inevitable…

1420

Si alguna prensa es irreverente hoy en día, esa es el Daily Mail. En portada esta mañana no les ha temblado la mano para publicar que las afroamericanas tienen mayor tendencia a la obesidad, y con mucha gracia han anunciado que una de las Jenner se ha reunido con su PADRE Caitlyn para una cena adelantada de Thanksgiving. Arderán en la hoguera!

1419

Y Rusia, de la mano del terrible Putin, jugó a dos bandas. Por un lado se coludió con los republicanos trumpistas para lavar el cerebro de la ingenua y susceptible gente de norteamérica, por mediación de alguna máquina emisora de rayos infrarrojos, aún no descubierta. Por el otro, aceptó dinero proveniente del DNC y de la fundación Clinton para inventar un dossier en contra de la candidatura de Trump… y por ahí vamos… por cierto, es casi inminente, según parece, el nombramiento de un segundo investigador especial para lo del lío del Uranio y el dossier… La cosa se pone aún más entretenida, si es que algo como eso puede ser posible…

1418

Es terrible lo que está sucediendo y nadie parece percatarse. Aquella máxima tan propia de esta nación, “nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario”, ha trastocado su orden prioritario y se ha convertido, legitimando un estado de cosas donde la histeria delatoria se impone con horror, en “todo el mundo es culpable, tan solo con que se le acuse”.

1416

Hollywood: Songo le dio a Borondongo, Borondongo le dió a Bernabé, Bernabé le pegó a Muchilanga, le echó a Burindanga, le hinchan los pies, Monina!

George Takei, el extremista activista gay que criticó duramente a Kevin Spacey, es ahora acusado de conducta impropia. Richard Dreyffus, que señaló que su hijo había sido abusado por el propio Spacey, ahora es señalado por una ex escritora: intentó obligarla a que le hiciera un blowjob. Y así hasta el infinito. Ya no se habla de cine en la meca podrida.

1414

La Coppertail Brewing Co. tampeña es, por la más singular de las razones, mi cervecería favorita. A la majestuosa Unholy Trippel, debemos de agregar esta Wheat Stroke, una american wheat tan libre como los lirios que se mecen en los campos abandonados del Midwest. Y es que todo se trata precisamente de eso… de cuan libres somos o pretendemos ser…

1413

Puede catalogarse una prensa de seria y atinada, cuando en primera plana cuelga la noticia de que un comediante nocturno llama por la destitución del presidente, por aquello de no ofrecer trabajo a los nacionales? Pregúntele al New York Times.

1411

La adaptación que hizo Mary Harron de la novela de Bret Easton Ellis, “American Psycho”, fue de las mejores de inicios del nuevo siglo. Filosa, despiadada y fría, capturó el espíritu de la obra original y auguró para la Harron, quien también dirigió, un futuro promisorio, brillante. Venida de la televisión, donde había estado relacionada a dos de los mejores proyectos de la década de los 90, “Homicide, the life in the streets” (mi serie favorita) y Oz, el drama carcelario de HBO, jamás llegó a escalar como se había vaticinado, y terminó siendo una realizadora más de piezas televisivas de poca altura. Una verdadera lástima, pues en “American Psycho” logra dotar a la historia de ese espíritu nihilista y existencial, que caracterizó a mucho de lo hecho en la época de la post guerra fría. (Recordemos “Fight Club”, la novela de Chuck Palahmiuk y la magistral adaptación al cine de David Fincher). A pesar de haberse constituido “American Psycho” en una narración de culto, el destino tanto de Easton Ellis como de la propia Mary Harron no fue trascendente y ambos quedaron atenazados a la obra de marras, con el inolvidable y desquiciado Patrick Bateman / Christian Bale. Al menos, se les recordará por ello.

1410

Se desliza por las paredes casi congeladas de cristal, para precipitarse luego con furia atronadora, sobre el fondo. De la furia, la espuma, blanca y gruesa. Y el aroma apoteósico de la levadura. “¿Qué checos?”, me pregunto. Y celebro la buena nueva.

1409

Venden en las proximidades de Homestead, a un costado de la avenida Krome, en uno de esos establecimientos armados para la exposición de frutas, legumbres y cosas artesanales que suelen producir los campesinos de la zona, un jamón ahumado para chuparse los dedos. Hay quienes dicen que el tesoro de aquel rincón son los batidos de fruta. Yo no concuerdo. El tesoro de aquel lugar es el jamón ahumado, el cual compro con regularidad desde hace años. Pues bien, hoy he acompañado el dichoso jamón ahumado con una Oberon Ale, que es una excelente American Wheat producida en la Bell’s brewery de Comstock Park, Michigan. Ellos se precian de que su cerveza es del color de los atardeceres soleados. Y he de darles la razón.

1408

“El presidente Trump no es la persona que yo quería que estuviera en esa oficina. Me opuse claramente a eso. Dicho esto, él es el presidente. Yo no quiero que él falle. Quiero que tenga éxito. Honestamente. Si él falla, entonces la nación entera estará en peligro. Sería muy egoísta que alguien dijera: ‘Espero que fracase’. A esa persona yo le diría: Jódete. ¿Por qué podrías querer una cosa así?”

“Si tú tienes una buena idea que ayude al país, yo te voy a apoyar. A mi no me importa si eres republicano o demócrata o lo que seas. No me importa. Una buena idea es una buena idea. Vamos a hacerlo. Tenemos que alejarnos de esta idea de que nuestro país es una especie de fútbol político, y que alguien con una opinión diferente es el enemigo. Vamos a suponer que esas personas aman a este país tanto como tú. Siempre habrá un margen de mejora ¿Cómo podemos hacerlo mejor?”

“Estoy contra la guerra. Pero lo que creo que está mal es la lógica de que si estás en contra de la guerra, entonces estás en contra de las tropas. No son mutuamente excluyentes. Puedes separar eso. hace poco hice una gira por el United Services Organization. Esta generación ha recibido muchos comentarios difamatorios, al estilo de: “Estos perezosos milennials solo quieren aparecer y obtener un trofeo”. Y lo que encontré ha sido todo lo contrario. Los hombres y mujeres alistados que conocí, principalmente en el Ejército, la Fuerza Aérea y la Marina, eran agudos, nobles, enérgicos, corteses, reflexivos, obligados y patrióticos”.

Bryan Cranston para Hollywood Reporter. Me quito el sombrero …

1407

Que nuestro muy apreciado David Coverdale impregnó a su Whitesnake más de Robert Plant y Led Zeppelin que de Deep Purple y Ian Gillan, no es secreto. En definitivas cuentas, él puede preciarse de haber sido de la tropa de Ritchie Blackmore. En todo caso, el maestro Leyser los tiene a los tres, a Coverdale, Plant y Gillan, en su top 20 de grandes vocalistas. Así que todo bien…

1406

Ásenme vivo en las calderas del infierno si así les apetece, pero… ¡Qué manera de afearse la música en los noventa! Lo digo por Black Sabbath , cuando de la mano de Dio legó dos monstruosidades previas: “Heaven and Hell” y “Mob Rules”, para despeñarse ignominiosamente luego con “Dehumanizer”… ¡Ya está dicho!