1347

No creo que una serie como Deadwood podría haberse filmado en estos tiempos. O al menos no podría haberse filmado de la manera original en que fue concebida.
Una serie como Deadwood, en que el primer personaje negro sale a la altura de la mitad de la segunda temporada, llamándose a sí mismo “Liitle nigger general”, no podría siquiera asomar su nariz en tiempos tan agrestes y de tan poco humor como estos que corren.
No. Deadwood no pertenece a estos años inhóspitos.

1346

Toda esta especie de enjundioso período prodrómico previo al arribo de la monstruosa Irma me hace recordar, al menos, un par de filmes que indagan en la naturaleza humana, justo cuando el fin de la existencia es un hecho anunciado. He pensado, pues claro, en esa pieza de Zak Hilditch, “These Final Hours”, donde un tal James, hombre epicúreo que ha llevado hasta entonces una existencia banal, recobra el sentido de la responsabilidad y por azares del destino, 12 horas antes de que un cataclismo barra con el continente australiano, se impone una meta de auto regeneración y salvación. La otra es “Seeking a Friend for the End of the World”, de Lorene Scafaria, una obra donde Steve Carrell dedica el escaso tiempo que le queda de vida a descubrir que el amor siempre es posible. Claro, que también he evocado al sheriff Rick Grames lustrando su revólver mientras las hordas de “caminantes” se aproximan…

1343

Tras la primera ‘season’, Deadwood deja por sentado el hecho de que no es una pieza fácil: predomina el verbo, campea la oralidad por sus respetos. Sus múltiples y complejos personajes no son hacedores de cosas superlativas o asombrosas, si excluimos el hecho de que matar a un hombre era cosa usual en aquellos tiempos de barbarie. La mezcla de acentos, el uso de un idioma brutal pero aún con vestigios de cierta elegancia primitiva, no facilitan siempre la comprensión del diálogo. Los giros fastuosos y los golpes de efecto son cosa escasa a lo largo de la historia. Y, sin embargo, no hay forma de poder escapar al encanto que ejerce esta narrativa de “pioneros”, ejemplarmente ilustrada, soberbiamente actuada. Una de las mejores que HBO contó cuando se iniciaba el siglo.

1341

De entre los múltiples y brillantes personajes que pueblan el imaginario de David Milch en su Deadwood, sin dudas que el reverendo H.W. Smith es de los más notables. Hombre de profunda fe, en medio de la reciedumbre de una nación que se construía sobre los cimientos de la naturaleza animal que caracteriza al hombre, apela a las escrituras y a un carácter cuasi borreguil para, si acaso, intentar enrumbar el camino de sus presuntos feligreses. Smith sufre de una epilepsia que lo hace alucinar, en su fase prodrómica, con olores a carnes que se pudren en vida, otorgando así esa tenue conexión, tan necesaria a la fe, entre realidad y misticismo. El reverendo Smith piensa que su sufrimiento es una prueba impuesta por el señor Jesucristo. Y la caracterización del gran Ray McKinnon solo nos hace condolecernos por su mala suerte y por su perseverancia existencial. Por cierto, McKinnon es el brillante creador de Rectify, esa singular serie de Sundance que ya va por su cuarta temporada.

1340

Lo de Ian McShane en la excelente Deadwood es, sencillamente, monstruoso. Su Al Swearengen perdurará, sin duda alguna, como un villano aterrador… y adorable, también hay que decirlo. David Milch ideó, después de todo, uno de los caracteres más inolvidables de las últimas décadas.

1339

Que la televisión se ha convertido por sí misma en una magnífica competidora del séptimo arte lo corrobora el hecho de que los dos primeros capítulos de la renovada Twin Peaks hayan sido estrenados en el pasado festival de Cannes. Hubiera preferido, claro, que, en vez de la gran farsa de David Lynch, se hubiera privilegiado la obra de un Vince Gilligan o de un Nick Pizzolatto. Pero ya lo sabemos todos, cría fama y acuéstate a dormir.

1337

Ruben Fleischer, un realizador que ha deambulado, sobre todo, por el mundo de la televisión, filmó hace varios años ya una pieza endemoniadamente entretenida, un divertimento al estilo de “Shaun of the Dead” o de la más reciente “Scouts Guide to the Zombie Apocalypse”. Les hablo de la muy aclamada “Zombieland”, ideada por la misma dupla de Deadpool, Rhett Reese y Paul Wernick, que si de algo sabe es precisamente de hacerla pasar bien. No busquemos acá la profundidad existencial de un Frank Darabont en las primeras temporadas de “The Walking Dead” o la búsqueda estética e, incluso, ideológica de un George A. Romero. Como ya les mencioné, la cosa se trata de hacer reír. Así que en ese sentido, los tiros van por el estilo de Edgar Wright. ¿Quiere pasar un buen rato y olvidarse de los tacones de Melania? Aquí tiene, sin dudas, la oportunidad perfecta. Puede rentarse en Amazon.

1336. Goliath

Goliath es una pieza endeble. Entretenida quizás, pero endeble. Historia de abogados contada muchas veces: Quijote solitario, que lanza en ristre, acomete en rápido galope contra el enemigo omnipotente y todopoderoso. Esta vez, el personaje de Billy Bob Thorton es una especie de Marlowe que lidia en un mundo chandleresco: nadie es completamente bueno o inocente. Sí, “Goliath” es, más que otra cosa cualquiera, una serie puramente noir a estas alturas; la narrativa de un perdedor que se redime. Demasiados personajes caricaturescos, demasiados personajes de cartón. Demasiadas escenas antes vistas, y todo dentro de una simpleza extremadamente predecible. Para mí, una pérdida de tiempo, pero así suelen ser las cosas.

1334

Lord of the Flies será llevada nuevamente al cine, pero esta vez la historia estará protagonizada por niñas, a pesar de que en la novela de William Golding (aún conservo la edición que leí en Cuba siendo un muchacho) todos los personajes son varones. Y es que el dingo cazador del feminismo se ha colgado en el pescuezo de los productores, y ahora hasta se ensaña con el hecho de que quienes escriben la adaptación son… ¡hombres! La falsa corrección está barriendo con cualquier mínimo resquicio de sentido común que pueda quedar desperdigado por ahí. Hemos pasado de ser libres (durante un escasísimo período de tiempo, he de decirles) a convertirnos en esclavos de organizaciones raciales, de género o cualquier otra que, en nombre de la bondad y la igualdad (esa mentira terrible diseminada desde la revolución francesa) se encargan de jodernos la existencia.

1333

“Here Alone” es una especie de prolongación del discurso narrativo que series como “The Walking Dead” han desarrollado en esta década, y es cosa que no sorprende cuando sabemos que quienes se encuentran detrás de este proyecto son el documentalista Rod Blackhurst y su guionista David Ebeltoft. Siempre tratando el tema de la supervivencia como recurso final de aprisionar la vida, Blackhurst y Ebeltoft se arriesgan en un proyecto mayor que, a pesar de sus imperfecciones y de las debilidades en la resolución de la historia, mantiene un muy decente ritmo narrativo, con una economía de recursos, por cierto, impresionante. Recomendada para seguidores del sub género zombie, esta pieza ganadora del premio de la audiencia del Tribeca Film Festival, puede también gustar a aquellos que, aburridos de la parafernalia hollywoodense, prefieran obras más recogidas e intimistas.

1330

“Madre”, película chilena dirigida por Aaron Burns, oscuro realizador texano, es si acaso un remedo de Rosemary´s Baby, la cinta de Polanski, pero autismo y vudú filipino incluidos. Favor de evitar, si es que desea conservar su intelecto a un mínimo nivel funcional. En todo caso, puede servir como especie de alivio cómico, si es que no se toma en serio.

1329

Atypical, una serie original de Netflix escrita por la muy talentosa Robia Rashid, es una pieza exquisita, al menos en su primera temporada. Construida con el andamiaje de las obras ligeras, de espíritu presto a la carcajada fácil y estentórea, hace también emocionarse hasta lo impredecible. Hablar sobre el autismo siempre será una aventura en extremo riesgosa, por todo lo que la definición trae consigo. Rashid, con su agudeza y sentido del humor, con su manejo del drama y la aventura, sabe cómo salir airosa. Por cierto, ver a Jennifer Jason Leigh, una de las actrices más soberbias de la primera mitad de los noventa (con títulos como ‘White Single Female’, ‘The Hudsucker Proxit’ y sobre todo ‘Rush’) cargando un rostro profanado por el bisturí y el botox, nos hace recordar que el mayor temor de nosotros, los animalejos humanos, es al paso del tiempo y al olvido.