1411

La adaptación que hizo Mary Harron de la novela de Bret Easton Ellis, “American Psycho”, fue de las mejores de inicios del nuevo siglo. Filosa, despiadada y fría, capturó el espíritu de la obra original y auguró para la Harron, quien también dirigió, un futuro promisorio, brillante. Venida de la televisión, donde había estado relacionada a dos de los mejores proyectos de la década de los 90, “Homicide, the life in the streets” (mi serie favorita) y Oz, el drama carcelario de HBO, jamás llegó a escalar como se había vaticinado, y terminó siendo una realizadora más de piezas televisivas de poca altura. Una verdadera lástima, pues en “American Psycho” logra dotar a la historia de ese espíritu nihilista y existencial, que caracterizó a mucho de lo hecho en la época de la post guerra fría. (Recordemos “Fight Club”, la novela de Chuck Palahmiuk y la magistral adaptación al cine de David Fincher). A pesar de haberse constituido “American Psycho” en una narración de culto, el destino tanto de Easton Ellis como de la propia Mary Harron no fue trascendente y ambos quedaron atenazados a la obra de marras, con el inolvidable y desquiciado Patrick Bateman / Christian Bale. Al menos, se les recordará por ello.

1402

Unos rápidos apuntes, unos bosquejos, sobre Big Little Lies, la mini serie de HBO…

“Big Little Lies” es, sin duda alguna, una de las series mejor escritas en los últimos años. La culpa recae en David E Kelley, gran conocedor de la psicología femenina (recuerden “Ally McBeal”), que hace aquí una soberbia adaptación de la novela de Liane Moriarty. Y el hecho de que haya sido Jean-Marc Vallée el responsable de dirigir los siete episodios de la mini serie de HBO, termina por redondear un proyecto perfecto.

La técnica narrativa empleada por Vallée, el mismo realizador de obras tan sólidas y bien contadas como “Dallas Buyers Club” y “Wild”, es extremadamente original, dejando que la trama transcurra a medida que desborda un hecho central desconocido, no revelado, que nos obliga a caminar a tientas, al filo de un profundo e inquietante abismo cuyo terrífico fondo no alcanzamos a ver.

Hay aquí una sensación de angustia permanente, que solo sabe ir en crescendo a medida que la trama avanza. Trama engañosa, he de decirles, que nos lleva de la mano, por momentos, a través de sitios falsamente apacibles, tapaderas finales (como aquella oreja de Lynch en “Blue Velvet”) del horror que transcurre bajo nuestras narices y que no somos capaces de atisbar.

El trabajo de edición es simplemente maravilloso. Cada escena ha sido pulida hasta la exactitud, cada toma y cada imagen. La complejidad argumental, que se reparte esplendorosamente entre sus múltiples personajes principales, no podría haber llegado a buen puerto de no haber sido por la labor minuciosa de post producción del equipo de Berman, Lebel y compañía.

¿Y las actuaciones? ¿Qué podemos decir de reparto tan profesional y talentoso? Reese Whiterspoon demuestra el por qué es una de las mejores actrices de los últimos años, capaz de doblegar, incluso, a una Nicole Kidman en estado de gracia, cosa que no veíamos desde los tiempos de “The Others”, probablemente. Jean-Marc Vallée, no me cabe la menor de las dudas, es hoy por hoy uno de los realizadores capaces de lograr más de sus actores. Esta pequeña mini serie es un ejemplo de ello.

 

1400

Y ha sido Sarah Polley la que mejor ha descrito el affair Weinstein. Hollywood, como patrón ético y moral de la nación, no es más que un bluff, un ejercicio hipócrita vomitado por la izquierda militante:

“Weinstein puede ser la versión central de un depredador de Hollywood, pero no es más que solo una pústula enconada en una industria enferma … Como tantos, yo también sabía de él … Como tantos, no sabía qué hacer …”

1394

Autofagia. Si. Es una especie de cacería de brujas donde todos sospechan de todos y donde todos se acusan de todo. Hollywood se pudre por dentro. Harvey Weinstein es solo la punta de la madeja. El Hollywood liberal y narcisista de estos días aciagos ha transitado del anti trumpismo histérico y militante a la chivatería endemoniada. Ayer fue Ben Affleck, hoy Oliver Stone y mañana será el Spielberg de turno. Y es divertido. Divertidísimo en realidad constatar, como castigo divino, aquella hipocresía de la que siempre he hablado. Todos sospechan y todos se acusan. Si alguien aún pensaba que al Hollywood “liberal y progresista” le quedaba un soporte moral que le otorgara credibilidad a sus perretas políticas, pues puede dar por hecho que tal “plus” ha desaparecido, se ha esfumado, ha terminado hundiéndose en el mar de la paranoia y el rencor. Los adalides de la izquierda vociferante y propagandista deben de estar aterrados, pues su más incondicional aliado boquea, desparratado, en medio del camino.

1393

La séptima temporada de Games of Thrones ha consolidado el dilema existencial que, a trancos, se había esbozado en años anteriores. Ya no sólo (quizás nunca) se trata de la lucha por el poder y la regencia sobre las posesiones y las gentes. Ahora se trata de evitar la muerte, de glorificar la existencia misma. Como metáfora ineludible de la vida, esta pieza magistral alcanza el camino común de las grandes obras y sus preocupaciones esenciales. Vivir, morir, perdurar. Rehuir a la plácida llegada del final, según la retórica de cada credo religioso conocido.

(¿Por qué será que el hombre, a pesar del “maravilloso paraíso” que lo espera al final de la jornada, se aferra a esta vida dura y gris de la que es consciente y disciplinado testigo? Hay en nosotros, sin dudas, una naturaleza descreída y atea que predomina a cada paso y que, solo en vísperas del horror final, se redime y renace con el propósito de otorgar cierta paz ante la oscura desazón de lo desconocido). La octava temporada de Games of Thrones será, sin dudas, otro lienzo que explore los avatares de la supervivencia.

Y es que la semejanza conceptual con la obra de Tolkien es notable, así como el paralelismo estético con el trabajo de Peter Jackson. Sin embargo, la disimilitud notoria en el tratamiento de los valores morales y de la ética “religiosa” hace de ambos propósitos entes dispares y hasta contradictorios. El maniqueísmo de Tolkien, imbuido del credo católico que otorgó a sus alegorías, copan de optimismo su oscura historia sobre la Tierra Media. Una vez que el anillo fue arrojado al foso en las montañas de Saurón, la claridad se impuso y el advenimiento de un mesías teórico, impalpable pero presente, culminó en un frenesí final de júbilo y esperanza. En Game of Thrones, la serie, predomina la crueldad más absoluta y la complejidad del animal humano se revela con escepticismo y animadversión. Y es porque después de todo, the winter is here…

1391

Es terriblemente doloroso y desconcertante que de la noche a la mañana las legiones de abnegados progresistas y liberales, esa raza superior, se vea infiltrada de innumerables agarradores de pussies, como cruel y amargo castigo proveniente del aborrecible Trump, sin dudas el autor intelectual de tanta desidia y tanto horror. Weinstein y Ben Affleck son sólo dos de los espías agazapados, no lo duden…

1389

Cuando muchos apostaban a que la séptima season de Game of Thrones iba a mostrar, por primera vez, una curva descendente en su capacidad de entretener (por aquello, quizás, de que se improvisaba debido a la hibernación estival de George R. R. Martin), lo cierto es que ha sido, en efecto, todo lo contrario. ¿Y las razones? Pues, como antes les había comentado, la imprecisión de esta fábula maldita, el devenir por las sombras de la crueldad extrema, la inmisericorde puja por la ascensión sobre los otros… Y es que the night is dark and full of terrors…

1386

Hace bien James Woods en retirarse de Hollywood, en dejar atrás su profesión de actor. No sólo le costaba conseguir papeles en un medio profundamente intolerante hacia aquellos que se atreven a ser disonantes en materia política, sino que ya comenzaban a construirle acusaciones desagradables, por decirlo de alguna forma. De mantenerse Woods ejerciendo su libre derecho a la opinión (por más errado o certero que pueda ser) a la par de su carrera como actor, lo más probable es que terminaría frente a un juzgado por algún caso de violación.

1381

He terminado Deadwood y queda el dolor y el sinsabor de los entes amados que no vuelven. ¡Pero Al Swearengen es inmortal! Lancemos un réquiem por esta maravilla inacabada. Coloquémosla en el pedestal de las cosas hermosas e imprescindibles. Que descanse en paz la obra maestra de David Milch.

1364

Hay que ver cuánto ha calado Scarface, la historia sobre el marielito delincuente que escribió el pro castrista Oliver Stone y que dirigió, con esa rabia tan propia de aquellos tiempos, el genial Brian De Palma, entre el imaginario popular norteamericano. “War Dogs”, la pieza filmada por Todd Phillips, basada en hechos reales, es vívido ejemplo de lo que les digo. En HBO.

1347

No creo que una serie como Deadwood podría haberse filmado en estos tiempos. O al menos no podría haberse filmado de la manera original en que fue concebida.
Una serie como Deadwood, en que el primer personaje negro sale a la altura de la mitad de la segunda temporada, llamándose a sí mismo “Liitle nigger general”, no podría siquiera asomar su nariz en tiempos tan agrestes y de tan poco humor como estos que corren.
No. Deadwood no pertenece a estos años inhóspitos.

1346

Toda esta especie de enjundioso período prodrómico previo al arribo de la monstruosa Irma me hace recordar, al menos, un par de filmes que indagan en la naturaleza humana, justo cuando el fin de la existencia es un hecho anunciado. He pensado, pues claro, en esa pieza de Zak Hilditch, “These Final Hours”, donde un tal James, hombre epicúreo que ha llevado hasta entonces una existencia banal, recobra el sentido de la responsabilidad y por azares del destino, 12 horas antes de que un cataclismo barra con el continente australiano, se impone una meta de auto regeneración y salvación. La otra es “Seeking a Friend for the End of the World”, de Lorene Scafaria, una obra donde Steve Carrell dedica el escaso tiempo que le queda de vida a descubrir que el amor siempre es posible. Claro, que también he evocado al sheriff Rick Grames lustrando su revólver mientras las hordas de “caminantes” se aproximan…

1343

Tras la primera ‘season’, Deadwood deja por sentado el hecho de que no es una pieza fácil: predomina el verbo, campea la oralidad por sus respetos. Sus múltiples y complejos personajes no son hacedores de cosas superlativas o asombrosas, si excluimos el hecho de que matar a un hombre era cosa usual en aquellos tiempos de barbarie. La mezcla de acentos, el uso de un idioma brutal pero aún con vestigios de cierta elegancia primitiva, no facilitan siempre la comprensión del diálogo. Los giros fastuosos y los golpes de efecto son cosa escasa a lo largo de la historia. Y, sin embargo, no hay forma de poder escapar al encanto que ejerce esta narrativa de “pioneros”, ejemplarmente ilustrada, soberbiamente actuada. Una de las mejores que HBO contó cuando se iniciaba el siglo.

1341

De entre los múltiples y brillantes personajes que pueblan el imaginario de David Milch en su Deadwood, sin dudas que el reverendo H.W. Smith es de los más notables. Hombre de profunda fe, en medio de la reciedumbre de una nación que se construía sobre los cimientos de la naturaleza animal que caracteriza al hombre, apela a las escrituras y a un carácter cuasi borreguil para, si acaso, intentar enrumbar el camino de sus presuntos feligreses. Smith sufre de una epilepsia que lo hace alucinar, en su fase prodrómica, con olores a carnes que se pudren en vida, otorgando así esa tenue conexión, tan necesaria a la fe, entre realidad y misticismo. El reverendo Smith piensa que su sufrimiento es una prueba impuesta por el señor Jesucristo. Y la caracterización del gran Ray McKinnon solo nos hace condolecernos por su mala suerte y por su perseverancia existencial. Por cierto, McKinnon es el brillante creador de Rectify, esa singular serie de Sundance que ya va por su cuarta temporada.

1340

Lo de Ian McShane en la excelente Deadwood es, sencillamente, monstruoso. Su Al Swearengen perdurará, sin duda alguna, como un villano aterrador… y adorable, también hay que decirlo. David Milch ideó, después de todo, uno de los caracteres más inolvidables de las últimas décadas.

1339

Que la televisión se ha convertido por sí misma en una magnífica competidora del séptimo arte lo corrobora el hecho de que los dos primeros capítulos de la renovada Twin Peaks hayan sido estrenados en el pasado festival de Cannes. Hubiera preferido, claro, que, en vez de la gran farsa de David Lynch, se hubiera privilegiado la obra de un Vince Gilligan o de un Nick Pizzolatto. Pero ya lo sabemos todos, cría fama y acuéstate a dormir.

1337

Ruben Fleischer, un realizador que ha deambulado, sobre todo, por el mundo de la televisión, filmó hace varios años ya una pieza endemoniadamente entretenida, un divertimento al estilo de “Shaun of the Dead” o de la más reciente “Scouts Guide to the Zombie Apocalypse”. Les hablo de la muy aclamada “Zombieland”, ideada por la misma dupla de Deadpool, Rhett Reese y Paul Wernick, que si de algo sabe es precisamente de hacerla pasar bien. No busquemos acá la profundidad existencial de un Frank Darabont en las primeras temporadas de “The Walking Dead” o la búsqueda estética e, incluso, ideológica de un George A. Romero. Como ya les mencioné, la cosa se trata de hacer reír. Así que en ese sentido, los tiros van por el estilo de Edgar Wright. ¿Quiere pasar un buen rato y olvidarse de los tacones de Melania? Aquí tiene, sin dudas, la oportunidad perfecta. Puede rentarse en Amazon.

1336. Goliath

Goliath es una pieza endeble. Entretenida quizás, pero endeble. Historia de abogados contada muchas veces: Quijote solitario, que lanza en ristre, acomete en rápido galope contra el enemigo omnipotente y todopoderoso. Esta vez, el personaje de Billy Bob Thorton es una especie de Marlowe que lidia en un mundo chandleresco: nadie es completamente bueno o inocente. Sí, “Goliath” es, más que otra cosa cualquiera, una serie puramente noir a estas alturas; la narrativa de un perdedor que se redime. Demasiados personajes caricaturescos, demasiados personajes de cartón. Demasiadas escenas antes vistas, y todo dentro de una simpleza extremadamente predecible. Para mí, una pérdida de tiempo, pero así suelen ser las cosas.

1334

Lord of the Flies será llevada nuevamente al cine, pero esta vez la historia estará protagonizada por niñas, a pesar de que en la novela de William Golding (aún conservo la edición que leí en Cuba siendo un muchacho) todos los personajes son varones. Y es que el dingo cazador del feminismo se ha colgado en el pescuezo de los productores, y ahora hasta se ensaña con el hecho de que quienes escriben la adaptación son… ¡hombres! La falsa corrección está barriendo con cualquier mínimo resquicio de sentido común que pueda quedar desperdigado por ahí. Hemos pasado de ser libres (durante un escasísimo período de tiempo, he de decirles) a convertirnos en esclavos de organizaciones raciales, de género o cualquier otra que, en nombre de la bondad y la igualdad (esa mentira terrible diseminada desde la revolución francesa) se encargan de jodernos la existencia.

1333

“Here Alone” es una especie de prolongación del discurso narrativo que series como “The Walking Dead” han desarrollado en esta década, y es cosa que no sorprende cuando sabemos que quienes se encuentran detrás de este proyecto son el documentalista Rod Blackhurst y su guionista David Ebeltoft. Siempre tratando el tema de la supervivencia como recurso final de aprisionar la vida, Blackhurst y Ebeltoft se arriesgan en un proyecto mayor que, a pesar de sus imperfecciones y de las debilidades en la resolución de la historia, mantiene un muy decente ritmo narrativo, con una economía de recursos, por cierto, impresionante. Recomendada para seguidores del sub género zombie, esta pieza ganadora del premio de la audiencia del Tribeca Film Festival, puede también gustar a aquellos que, aburridos de la parafernalia hollywoodense, prefieran obras más recogidas e intimistas.

1330

“Madre”, película chilena dirigida por Aaron Burns, oscuro realizador texano, es si acaso un remedo de Rosemary´s Baby, la cinta de Polanski, pero autismo y vudú filipino incluidos. Favor de evitar, si es que desea conservar su intelecto a un mínimo nivel funcional. En todo caso, puede servir como especie de alivio cómico, si es que no se toma en serio.

1329

Atypical, una serie original de Netflix escrita por la muy talentosa Robia Rashid, es una pieza exquisita, al menos en su primera temporada. Construida con el andamiaje de las obras ligeras, de espíritu presto a la carcajada fácil y estentórea, hace también emocionarse hasta lo impredecible. Hablar sobre el autismo siempre será una aventura en extremo riesgosa, por todo lo que la definición trae consigo. Rashid, con su agudeza y sentido del humor, con su manejo del drama y la aventura, sabe cómo salir airosa. Por cierto, ver a Jennifer Jason Leigh, una de las actrices más soberbias de la primera mitad de los noventa (con títulos como ‘White Single Female’, ‘The Hudsucker Proxit’ y sobre todo ‘Rush’) cargando un rostro profanado por el bisturí y el botox, nos hace recordar que el mayor temor de nosotros, los animalejos humanos, es al paso del tiempo y al olvido.

1328

Se ha muerto Tobe Hooper, un maestro, un fundador, un visionario. Su “The Texas Chain Saw Massacre” es pieza fundacional dentro del género de terror. Inauguró con ella la categoría slasher, influenciando así buena parte de la cinematografía de los años 70 y 80. Ahora su partida lo convertirá oficialmente en lo que siempre ha sido: un mito, una leyenda, un “monstruo”. Y nosotros, simples mortales, lo continuaremos adorando y reverenciando, tal y como debe ser.

1327

Al paso que vamos, dentro de escaso tiempo hasta una serie como “Atypical”, de buenas intenciones, políticamente cuasi inmaculada, será censurada, por aquello de que la mala de la escuela es una hindú y sus secuaces algunos latinos y otros afroamericanos. Además, comete el pecado imperdonable de otorgarle el protagónico a una familia blanca, de rubiecillos citadinos. Acusarán a la creadora Robia Rashid de ser más despreciable que la mismísima Nikki Haley (por aquello de la procedencia común) y de promover el odio racial y la división social. Vivimos un revival, que no les quepan dudas, de la quema de libros en las plazas nazistas, de las hogueras humeantes de la inquisición, de la caza de brujas en Salem. Hacia allá vamos, a paso raudo y sin demoras… ¡Que todo sea, entonces, en nombre del bien común!

1326. Better Call Saul second season

La fuerza dramática de las obras de Vince Gilligan y Peter Gould parece descansar en la contraposición de caracteres. Si en “Breaking Bad” la complejísima relación entre Walter White y Jesse Pinkman, repleta de antinomias y contradicciones, es el hilo vital que traza su recorrido, en “Better Call Saul” esa dinámica reposa en el brillante contrapunteo de los hermanos McGill. Bob Odenkirk y el genial Michael McKean, actor subestimado como pocos, dan una clase magistral de cómo se dota de vida a un personaje, y de paso refrendan lo antes dicho: lo de Gilligan y Gould está en la paradoja y la discordia. Por cierto, la segunda temporada es de lo mejor que se ha filmado en la historia de la televisión.

Bob Odenkirk as Jimmy McGill, Michael McKean as Chuck McGill – Better Call Saul _ Season 2, Episode 10 – Photo Credit: Ursula Coyote/AMC