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Que nuestro muy apreciado David Coverdale impregnó a su Whitesnake más de Robert Plant y Led Zeppelin que de Deep Purple y Ian Gillan, no es secreto. En definitivas cuentas, él puede preciarse de haber sido de la tropa de Ritchie Blackmore. En todo caso, el maestro Leyser los tiene a los tres, a Coverdale, Plant y Gillan, en su top 20 de grandes vocalistas. Así que todo bien…

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Ásenme vivo en las calderas del infierno si así les apetece, pero… ¡Qué manera de afearse la música en los noventa! Lo digo por Black Sabbath , cuando de la mano de Dio legó dos monstruosidades previas: “Heaven and Hell” y “Mob Rules”, para despeñarse ignominiosamente luego con “Dehumanizer”… ¡Ya está dicho!

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Marco Antonio Solís está siendo anunciado, a propósito de un próximo concierto suyo aquí en Miami, como el “poeta del siglo”. Nada asombroso teniendo en cuenta la ciudad que habitamos, donde el título de bardo se le cuelga a cualquiera en el pescuezo.

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En detrimento de los puristas más extremos, la verdad es que el “Slaves and Masters” de Deep Purple con el ex Rainbow Joe Lynn Turner, me gusta incluso más que el “The House of Blue Light” del monstruo Gillan. Siempre hablando pasados los setenta, of course.

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Se nos ha muerto George Michael, probablemente el cantante más escuchado en los contornos del preuniversitario AG-28 hacia finales de los años ochenta, donde sin dudas el programador de música llevaba por dentro (y por fuera) ese gusanillo de la irreverencia apátrida, tan común a los contrarrevolucionarios que, para entonces, éramos casi todos. La música y el cine modelaron ese ser libre que soy hoy, y George Michael también carga su cuota de responsabilidad en ello. Por eso sentí como un acto de justicia poética que, ante la muerte del inmenso Freddy Mercury, fuera Michael quien se hiciera parte (gracias a la visión de Brian May) del papel de solista para la gira póstuma de Queen. ¡Descanse en paz el joven George, mientras “susurra descuidadamente” en nuestros oídos, ya viejos y nostálgicos, aquello que decía así

“Wake me up before you go-go
Don’t leave me hanging on like a yo-yo
Wake me up before you go-go
I don’t want to miss it when you hit that high
Wake me up before you go-go
‘Cause I’m not plannin’ on going solo
Wake me up before you go-go
Take me dancing tonight
I want to hit that high!

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Voy a ser extremadamente sincero, y les ruego que me disculpen. Si llegada la ocasión, como llega a ocurrirle a los personajes de Shaun of the Dead, me veo en la necesidad de agarrar mi caja de discos para sobrevivir, es decir, para lanzarla a la cabeza de los zombis que invaden mi terraza, los de Bob Dylan serían de los primeros. Mi profanidad no establece parámetros de calidad, que quede claro. Solo se trata de gustos.

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La sin par Miranda Lambert es uno de los especímenes más puros del country music. A diferencia de Carrie Underwood o la mismísima Jennifer Nettles, la Lambert ha mantenido una autenticidad plena, alejada del pop más comercial, donde la guitarra y el banjo combinan a la perfección con su voz rasgada y cuasi salvaje, primitiva. La Lambert es, en mi opinión, la Amy Winehouse del country en términos musicales. A quien no la conozca, vale la pena descubrirla.

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En este preciso instante, viernes en la mañana, luego de los trámites aduaneros de rigor, debe andar B.B King sentado a la diestra de la Big Machine Computer tocando fervorosamente su Gibson ES-355 y entonando Rock Me, Baby con esa voz irrepetible de negro crecido entre los algodones de Itta Bena y Kilmichael. ¡Que tu descanso, B.B King, siga siendo alegría para todos!

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La invasión irlandesa de los noventa fue en realidad más The Cranberries que Sidney O’Connor. Dolores O’Riordan no solo contenía en sí misma una inmensa cuota de talento y carisma, sino también esa mala leche irlandesa tan caricaturizada por la cultura popular.

56. Sheer Heart Attack (1974) por Queen.

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En una etapa de gran efervescencia creativa, Queen lanzó su tercer trabajo discográfico en 1974, meses después de Queen II. Con Sheer Heart Attack, la banda londinense rompió con la etapa de experimentación anterior y terminó de delinear ese sonido elegante, operático y a veces suntuoso que se convertiría en su marca de fábrica. Si acaso un tema menor como “In the lap of the Gods”, mejor alineado con el proyecto previo, persiste aún con esa tendencia Progressive  que tanto caracterizó a Queen II.

Estuve escuchando el disco innumerables veces a propósito de este trabajo y me percaté de que siempre termino hallando cosas nuevas, detalles, trazos inéditos que se descubren a cada paso y que dotan a esta obra de un sabor único e irrepetible.

El álbum arranca con “Brighton Rock”, un tema ambicioso, trepidante y rítmico, sostenido por el rapidísimo drum de Taylor y los riffs coloridos y vibrantes de la inconfundible guitarra de Brian May, quien lanza también innumerables solos, considerados por muchísimos críticos como de los mejores de la época. May, en esta canción, muestra su inmenso talento sin complejos.

“Killer Queen”, especie de vodevil rockero, sobrevivió compilaciones posteriores, convirtiéndose así en tema cardinal de la primera etapa del grupo. Se hace énfasis aquí en el trabajo de voces, asentadas nuevamente por el trabajo magistral de May. Es, sin dudas, “Killer Queen”, el primero de los temas reconocidos por los neófitos de Queen, junto a “Now I’m here”, rock puro y duro presente en esta misma placa.

La obra más floja es, a no dudarlo, “Tenement Fuster”, trabajo olvidable y prescindible, plano y atemporal, que no encaja en este disco. Pero tras el tropezón, la poderosa y vital “Flick of the wrist”, donde los coros y la batería de Taylor (¡una vez más!) se unen en armonía perfecta.

La joya de la placa es, para mi, la cortísima, exquisitamente melódica y hermosa “Lily of the valley”, donde la voz de Mercury se desdobla en mil y un tonos, alcanzando alturas impensables. ¡Un verdadero alarde de armonía! ¡Un grito poderoso de la banda!

La cara B, repleta de homenajes, es de lo más curioso producido por el grupo. Ahí tenemos a “Stone cold crazy”, un homenaje al rock and roll americano de los inicios, muy a lo Queen. Tema que trae reminiscencias del trabajo de otras bandas inglesas de la época (¡Sí, nuevamente Led Zeppelin!), lo que sirve para corroborar, por cierto, que en este estilo Robert Plant es mucho más efectivo que Freddy Mercury.

La triada de homenajes se completa con “Misfire” una especie de funky setentero, y con “Bring back that Leroy Brown”, be bop de exquisita factura.

En resumen, Sheer Heart Attack es una placa trascendente, sin dudas, en la trayectoria musical de Queen.

Saludos y disfruten.

54. Queen II (1974)

Queen II vio la luz en marzo de 1974, un año después de aquel magnifico debut de la banda londinense. Y esta nueva obra fue superior aún a su predecesora, revelando el talento singularísimo del grupo a lo largo de un disco donde el progressive rock y el hard británico dominaban la mayoría de los acordes.

La placa se trabajó sin sintetizadores, lo que resulta increíble si tenemos en cuenta el complejísimo universo sonoro logrado solamente a base de pistas de sonidos e instrumentos tradicionales. Queen II tuvo una buena acogida en Inglaterra y cimentó el novísimo prestigio del grupo entre la crítica especializada.

El aeris del álbum estaba impregnado de esa naturaleza fantástica, deudora de Tolkien, que dominaba buena parte de la escena musical británica y que también se reflejaba en lo hecho por otras bandas como Jethro Tull, Led Zeppelin y Pink Floyd. Los once temas que dan forma al disco parecen conformar una unidad temática, que se inicia con ese himno solemne introductorio, de naturaleza fúnebre, en la que Brian May regala una interpretación fastuosa (¿inspiradora del solo de Slash en November Rain?) por mediación de grabaciones en diferentes trackings.

Si hubiera que clasificar Queen II, quizás ubicarlo dentro del Progressive Rock seria lo más sensato. Repleto está el álbum de variaciones rítmicas, de riffs múltiples, de solos increíbles, de experimentos sonoros arriesgados y brillantes, injustamente olvidados hoy en día, aún por los admiradores de la banda.

Un dato interesante, que siempre me ha llamado la atención, es la presencia de un par de temas que pueden considerarse antecedentes directos de Bohemian Rapsody, la obra emblemática de la banda que saldría a la luz un año después en la placa A Night At The Opera. Hablo de White Queen, ambiciosa, con excelentes arreglos vocales y que cuenta la historia de un joven desadaptado que llora y se lamenta por amor. Hablo también de The March Of The Black Queen, donde el uso simultáneo de dos diferentes compases desembocan, al igual que Bohemian, en una polirritmia simple posterior. El coro, conformado sobre una base operática, alterna con segmentos de bajo tono y explosiones semi acústicas.

El disco, en general, está repleto de grandes temas. Father And Son, tema progresivo por excelencia, nos sorprende con esa brillante ruptura que precede a un oscurísimo solo de guitarra de May, grabado en multi tracker, para finalizar con un hermosísimo coro. Ogre Battle, de ritmo trepidante, con riffs guitarrísticos fascinantes, donde el bajo puro de Deacon y el drummer apoteósico de Taylor comienzan a generar un estilo y una marca. O Nevermore, un bello tema que descansa en el piano y en la voz de Mercury…

Y si algún tema es colorido y alegre y desbordante es The Fairy Feller’s Master-Stroke, donde el riff serpenteante y asombroso de la guitarra de May se junta con presteza al clavicordio, al piano, a las castañuelas, para revelarnos el afán innovador de un grupo que ya coqueteaba sin reservas con las influencias operáticas que marcarían su próximo futuro.