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De entre los múltiples y brillantes personajes que pueblan el imaginario de David Milch en su Deadwood, sin dudas que el reverendo H.W. Smith es de los más notables. Hombre de profunda fe, en medio de la reciedumbre de una nación que se construía sobre los cimientos de la naturaleza animal que caracteriza al hombre, apela a las escrituras y a un carácter cuasi borreguil para, si acaso, intentar enrumbar el camino de sus presuntos feligreses. Smith sufre de una epilepsia que lo hace alucinar, en su fase prodrómica, con olores a carnes que se pudren en vida, otorgando así esa tenue conexión, tan necesaria a la fe, entre realidad y misticismo. El reverendo Smith piensa que su sufrimiento es una prueba impuesta por el señor Jesucristo. Y la caracterización del gran Ray McKinnon solo nos hace condolecernos por su mala suerte y por su perseverancia existencial. Por cierto, McKinnon es el brillante creador de Rectify, esa singular serie de Sundance que ya va por su cuarta temporada.