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Tras la primera ‘season’, Deadwood deja por sentado el hecho de que no es una pieza fácil: predomina el verbo, campea la oralidad por sus respetos. Sus múltiples y complejos personajes no son hacedores de cosas superlativas o asombrosas, si excluimos el hecho de que matar a un hombre era cosa usual en aquellos tiempos de barbarie. La mezcla de acentos, el uso de un idioma brutal pero aún con vestigios de cierta elegancia primitiva, no facilitan siempre la comprensión del diálogo. Los giros fastuosos y los golpes de efecto son cosa escasa a lo largo de la historia. Y, sin embargo, no hay forma de poder escapar al encanto que ejerce esta narrativa de “pioneros”, ejemplarmente ilustrada, soberbiamente actuada. Una de las mejores que HBO contó cuando se iniciaba el siglo.