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Es terrible lo que está sucediendo y nadie parece percatarse. Aquella máxima tan propia de esta nación, “nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario”, ha trastocado su orden prioritario y se ha convertido, legitimando un estado de cosas donde la histeria delatoria se impone con horror, en “todo el mundo es culpable, tan solo con que se le acuse”.