1128. Cuba, the cameraman: la tristísima tragedia

“Coco” es la vuelta inevitable de Pixar al pináculo de la animación cinematográfica; el regreso al lugar cumbre que le corresponde, casi por derecho propio, luego de aquel 2016 infausto donde ni siquiera atesoró nominación alguna a los premios Oscar.
Doug Langdale ya había escrito una historia parecida para Twentieth Century Fox hace unos pocos años, dándole la posibilidad al animador Jorge R. Rodríguez de llevar las riendas, por primera vez, de un gran proyecto. Pero la narración del formidable Lee Unkrich sobre la tradición del día de los muertos y su homenaje soberbio a la música mexicana, el aporte de Jason Katz, Matthew Aldrich y Adrián Molina al espíritu y a la estética de la historia, resultan sencillamente insuperables.
No ha renunciado Pixar a escarbar en las profundidades filosóficas que le otorgan un carácter épico (en todo el sentido del término) a sus filmes, sobre todo a aquellos armados desde la segunda mitad de la década pasada hacia acá. En este caso, un niño llamado Miguel visita al mundo de los muertos para, sin saberlo, redimir a una familia toda, impartir justicia a un pasado que bordea el precipicio de la desmemoria, y evocar así el rescate de lo único que importa en la existencia de los hombres: el amor por sus hijos y sus padres.
La profundidad existencial de Pixar termina siempre por privilegiar el drama. El tópico del dolor de la separación y de la ausencia es casi una constante en sus obras: Finding Nemo, Up, Inside Out y sobre todo The Good Dinosaur, son ejemplos fehacientes de la capacidad de Lasseter y compañía para conmover y estremecer hasta las lágrimas. En el caso específico de “Coco”, la intensidad emocional se refuerza con una puesta en escena absolutamente inédita, que alcanza cuotas de espectacularidad nunca antes vista. La ciudad de los muertos, con sus abigarrados destellos y colores, la anatomía estética de los personajes, la profundidad de escenarios y locaciones, convertirán a esta “Coco” es un ejercicio referencial del cine futuro de animación. Es la “Toy Story” o la “Wall-E”, en ese sentido, de los tiempos que corren. Y es por ello que no habrá injusticia mayor que no premiarla con los lauros que merece, aunque el principal de todos, probablemente ya lo haya alcanzado; evitar el precipicio de la desmemoria.