1359

Desde que tengo memoria, escribir ha sido una panacea. No digo que desde pequeño haya querido ser escritor, porque en aquel entonces, e incluso ahora, ser precisamente “escritor” me parecía (y me parece) un imposible, una estafa filológica, un titulillo pretencioso que suelen colgarse aquellos que no son capaces de hacer otra cosa con sus vidas. Pero sí, escribir era y es una panacea.

Como siempre fui un lector ávido y voraz, pues no había cosa más lógica para mis padres que yo escribiera muchísimo, casi sobre cualquier tópico. Primero fueron las “composiciones” en las clases de español las que dieron a conocer “mi trabajo” a amigos y profesores, luego aquellos concursos de literatura, los cuales solía ganar con una facilidad pasmosa, perdonen que les diga. Pero, aun así, mi infancia siempre privilegió los juegos de pelota callejeros o aquellos de policías y bandidos que desplegábamos los muchachos del barrio hasta bien cerrada la noche. La literatura era una cosa secundaria. Cercano a la adolescencia comencé a escribir poesía, muy cursi, muy poco trascendental (hábito que hasta ahora he mantenido con disciplina estoica). Versos que hablaban de cordones de zapatos y de cuadros reflejados en el agua. Algún burócrata de una editora local contactó a mi madre para ver la posibilidad de publicar un poemario, pero a mí me avergonzaba que los socitos de La Creche y de la escuela supieran que su amigo era uno de esos “poetas raros” que, para mal de males, escribía pura bazofia desechable.

Ya desde entonces, ocultar mis simpatías por la literatura se convirtió en una tradición soberbia que incluía evitar talleres literarios o concursos juveniles. Y hablando de talleres literarios, recuerdo aquella vez en que asistí a uno que solía hacerse los sábados en la mañana en casa del “héroe del Moncada” Mario Muñoz Monroy. Estaba yo en el pre universitario y para romper el hielo, invito a mi socio Vitico a que me acompañe, aclarándole antes que la poesía que iba a leer había sido escrita por un amigo mío y no por mí. “¿Por un amigo tuyo?” me preguntó el negro Vitico, mi partner inseparable desde los tiempos del círculo infantil. “Si, uno ahí que tú no conoces”, le espeté con el mayor de los descaros, sabedor de que no se tragaría el cuento del poeta fantasma. (He de precisarles que el tema, como si de un pasado terrible se tratara, nunca volvió a tocarse entre Vitico y yo). Pues bien, una vez dentro del local, atestado de artistas locales y escribidores con ansias de grandeza, me decidí a leer un par de versos. Evidentemente nadie alcanzó a entender nada, y terminé largándome de allí con la fiel y sabia presunción de que jamás regresaría a uno de esos lugares. “No tienen nada que enseñarme”, me repetía a mí mismo con esa intolerancia prejuiciosa tan típica de la adolescencia. Y así fue.

A punto de terminar el doce grado, en una escuela al campo en Jagüey Grande, tuve que decidir cuál sería el rumbo que tomaría mi futuro. Tenía la sospecha de que el periodismo podría acercarme al vicio de escribir, sin tener que ocultarlo como si fuera el más terrible de los pecados. Pero a la provincia de Matanzas llegaban si acaso un par de plazas para la carrera y yo, estudiante irresponsable y despreocupado, no tenía la menor de las oportunidades, cosa que me salvó, sin dudas, de tener que recitar consignas para ganar un cheque. Terminé de cabeza por un año en una unidad militar de guerra, la 1410 de Cárdenas, en una brigada de tanques, cuando aún los rusos abastecían al ejército castrista de todo lo imaginable en los avatares de la muerte. ¿Y qué escribía para aquel entonces? Cuentos cortos que hablaban sobre muerte y guerras, narraciones sobre detectives privados, críticas de cine (mis amigos, siempre que querían saber algo sobre el séptimo arte, acudían a mí, cosa que me complacía pues el hecho de ser cinéfilo no estaba reñido con la imagen de duro que todo muchacho criado en un barrio difícil pretendía dar), historietas de Rock and Roll y algo de poesía, por supuesto.

Si de algo puedo enorgullecerme es de haber escrito miles de cuartillas a lo largo de mi vida, las cuales durante décadas descansaron invariablemente en el tacho de la basura, hasta que comencé a publicar mis poemarios una vez radicado aquí en Miami. Esos poemas desgarbados y amargos encontraron, sin dudas, mejor suerte que aquel intento de novela detectivesca que terminó embarrada de mierda (alguien necesitó limpiarse y mis papeles le sirvieron) en una de las trincheras de la 1410 (la brigada de Fines, el espanto del Diablo, la loma del terror).

1358

Y si. Alguien subió a la tarima, raudo y preciso, y le despachó un gaznatón de antología a ese rapero negro racista que colgó a un niño blanco en uno de sus videos. Se desplomó, el tipejo de marras, como si su propio odio le devolviera la furia. Justicia poética, le dicen…

Gracias a los amigos que postearon escena tan disfrutable y gozosa. (Cuánto habría dado yo por ser el tipo que propina el gaznatón!)

1357

Entiendo la aprehensión que sienten varios amigos hacia Miami y sus contornos. Ese sentimiento de amor-odio por el lugar que alberga a la mayor comunidad exiliada cubana, a veces es compartido, incluso, por mí mismo. Pero déjenme decirles que la disfuncionalidad tan típica de estos lares trasciende el tema cubano y del castrismo per se. Miami es un compendio de las miserias que arrastramos todos los latinoamericanos que aquí nos asentamos. La corrupción de nuestros políticos se asemeja a la de un concejal de la Pintana allá en Santiago o a la de un licenciado de Veracruz. El afán estatista de un Curbelo o el oportunismo de una Ileana Ross encuentran parangón en el congreso de Uruguay o del Perú. Miami, la capital de las Américas, no es más que un esbozo de nuestro vicios originales, desde la frontera norte mexicana hasta el Chile austral. No existen demasiadas esperanzas para un lugar así, estemos claros.

1356

¡Desperezaos, cubanos! ¡La buena nueva ha llegado! ¡Ya tenemos, a pesar de Irma y las desgracias, a nuestro nuevo Elián!

1355

Irma y sus estragos en la Florida han hecho renacer ese sentimiento anti norteamericano del que nos habló Revel, en buena parte de la troupé de escritores cubanos (algunos, simplemente escritorzuelos) dans les résidents de la Grande France. Los hombres, como ya es sabido, nos movemos según nuestras circunstancias e intereses. Algunos nos movemos más que otros…

1353

Reprobamos el hecho de que los compañeros de T-Mobile hayan sido incapaces de sostener en alto el lema “tanto en la guerra como en la paz mantendremos las comunicaciones”. (Reunión del núcleo)

1352

No faltará, tras el paso de Irma por el sur de la Florida, aquel que se lamente de la ausencia del apocalipsis añorado. Que el huracán no haya diseminado en el ambiente un virus letal que convierta al resto en zombies devoradores de cerebros, también será una especie de tragedia. Es el síndrome de la viudez de la sobrevivencia, el no poder ser o sentirse parte del grupo de elegidos que terminarán siendo testigos presenciales del fin de la humanidad, por así decirlo.

1351

Estamos bien. Sobrevivimos. Ahora, de vuelta en Cuba: sin corriente eléctrica (apagón de 32 horas por el momento), ventanas de la casa abiertas, nada de tecnología… Los desastres naturales son reaccionarios per se: nos llevan al pasado

1350

Irma ha descubierto a un centenar de profetas en las redes sociales. ¡Ahora todos sabían! Por cierto, el pueblo de Punta Alegre en la costa norte de Ciego de Ávila, ha sido practicamente borrado del mapa según me cuentan desde Cuba. Mi madre nació y creció allí. Yo solía pasar las vacaciones de verano en casa de mis tíos, al lado de la bahía. El patio daba al mar. Dicen que la Irma ha arrasado con todo, que la casa ya no existe…

1349

El poeta José Antonio Lago López me ha dedicado este poema, cosa que me emociona y que agradezco:

CICLÓN

Lluvia en el viento.
Viento en la lluvia.
Ambos, ya no mecen:
arrancan.
Y temo
por esos cuerpos de intemperie
sobre una isla a la deriva.
Su insólita techumbre es la mía.
Su pavor.
Su suerte…

1348

La nostalgia por Rubiera y el NTV en estos días está que da al pecho aquí en Miami… ¡Ay, ese excepcionalismo criollo que nos lleva de la mano desde el “meteorólogo más sagaz” al tirano más “brillante y tenebroso”…!