1162

La izquierda norteamericana ha pasado’ de ser la guardiana de la ‘humanidad y sus problemas’ a ser el reflejo horroroso del problema

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La izquierda norteamericana ha reaccionado a la derrota electoral de noviembre pasado, no solo propugnando y justificando la violencia como medio legítimo de protesta, sino ejerciendo patrones de conducta que históricamente ella misma ha achacado al conservadurismo y a la derecha. Esta izquierda falsamente liberal, esta progresía apócrifa, ha utilizado el sexismo y la misoginia, la xenofobia, la discriminación intelectual, para atacar al nuevo presidente y a sus seguidores. Muchos dirán que han terminado por apropiarse de aquellos horrores que suelen caracterizar a la derecha. Pero esa aseveración, he de decirles, no es más que un mito, una falacia. En realidad, lo que la izquierda norteamericana ha estado haciendo durante los tres últimos meses no es otra cosa que volver a sus orígenes. ¿O es que acaso se nos olvida el carácter reaccionario de los autoritarismos que se incubaron en la Cuba de Castro, en Corea y en la China, en la Europa oriental de la post guerra? Pues eso, ahora atesoramos una izquierda reaccionaria, sin velos que cubran su verdadero rostro. A quienes andan obnubilados y letárgicos buscando una posible explicación del triunfo electoral de Donald J Trump, ahí tienen una excelente razón: la izquierda norteamericana se ha convertido en una reverenda mierda.

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Cuando Eleanor Rooselvelt le preguntó a Lyudmila Pavlichenko, la célebre francotiradora ucraniana, a cuántos hombres había matado en combate, la joven contestó: “Hombres no, Fascistas”. La guerra se reduce a ello. No hay matices ni fronteras difusas. La desnaturalización del enemigo es primordial. “Bitva za Sevastopol”, una cinta premiada durante el 2015 en los principales festivales cinematográficos rusos, refleja a cabalidad esta máxima brutal. Los tiempos que vivimos en los Estados Unidos, también.

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La palizada ingesta

La palizada ingesta, el desgarbado,
la penitencia añil de su tristeza,
el encorvado mazo atolondrado
y el atinado rictus de pereza.

Hemos de estar alzando la cabeza
sobre el clamor de aquello que ha ganado
el sinsabor eterno de la presa,
la maldición soberbia del estrado.

La liebre tensa, el potro desbocado,
la frase exigua que tienta la tibieza,
aquella lanza clavada en el costado
y un lupanar de frases en la mesa

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Es probable, solo probable he de decirles, que para el próximo número de Signum Nous, se publique una reseña que escribí sobre la última cinta rodada por Terry Gillian. Por cierto, Mélanie Thierry es un descubrimiento tremendo.

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Por alguna extrañísima razón, que no creo que tenga que ver con motivos políticos, sino más bien con andanzas aún más peligrosas y perturbadoras, como es el tema de la literatura, he estado recibiendo ataques, acusaciones y amenazas por doquier. Suelo ser alguien poco dado a la exposición física pública, me reúno con muy pocos y selectos amigos, no formo parte de piñas ni mafias de escribidores, aunque reconozco que padezco el mal de la honestidad y la ausencia de hipocresía. Todo esto que les explico es para intentar dejar en claro que no soy asiduo a chismes, complots ni ejecuciones públicas o privadas de otros humanos como yo, que dedican su tiempo, o parte de él, a los avatares de la escritura y esas cosas. Pero aún así, ya alguien me ha amenazado, desde el perfil falso que le robó a una amiga, con “hacerme la guerra”, otro se dedica a ridiculizar el trabajo editorial que hacemos unos colegas y yo para la revista Signum Nous, y para colmo del surrealismo vivencial, un escritor residente en Cuba me acusa misteriosamente de alguna cosa que aún no tengo clara. He de decirles a todos aquellos que se preocupan por mi existencia, desde una perspectiva probablemente no muy amigable, que en realidad me importa un rábano cuaquier absurdo que quieran propagar sobre este “humilde” servidor que sobrevive a los avatares de la vida. No soy nada importante como para que anden gastando sus cartuchos en mi. Lo más seguro es que no sea cosa que valga la pena. Y lo más importante, a peores horrores me he enfrentado y hasta ahora ni siquiera se me ha arrugado la camisa. Abrazos y cariños.

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La soberbia y el dolor de no saber perder, provoca el paritorio de ridiculeces risibles como esta. Leyendo el artículo de marras, me tropiezo con esta cosa aborrecible e idiota que intenta explicar el triunfo electoral del presidente Trump: “a minority of American voters, with a handy assist from Russia and the FBI, propelled the tiny-handed, fact averse, narcissistic Twitter troll into the Oval Office anyway”. Y yo que me muero de la risa!

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Este mundillo hipócrita en que vivimos nos regala a veces unas estampas deliciosas. Resulta que ahora, aquellos que siempre mostraron simpatías por el estado soviético y sus plazas y sus flores, los herederos ideológicos de Edward T. Kennedy y Jimmy Carter, los hacedores del acercamiento a los camaradas bolcheviques, el partido de los tolerantes y buenistas, los ponedores de mejillas cacheteadas, critican a la actual administración, acusándola de ser demasiado permisiva con el gobierno ruso (ya ni siquiera hablamos del ejército rojo y los desfiles comunistas en la plaza roja de Moscú), de intentar hacer migas con el “tirano” Putin (¡sí, los mismos que llamaban presidente a Brezhnev y a Andropov), de traicionar la esencia de los Estados Unidos. Estos personajillos oportunistas, despreciables, estos que acusan al presidente de ser agente de los rusos, son aquellos que hablan de Cuba como una “república” normal y que le otorgan el status de presidente a los Castros y toda su camarilla. ¡Cosa risible en realidad!

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Una roca muerta encima de la cabeza de aquel transeúnte desconocido, como pájaro de estación, trabajador ocasional y la pequeña habitación de paredes impostadas y granito ausente. Inmenso, monumental para ser precisos, el acueducto de metal ennegrecido aún con su pesada tapa (no había soplado el huracán Kate ni se había incrustado la dichosa en el techo de mi casa). Era de oriente. Probablemente. Nadie lo conocía. No fue una roca. Nunca, en realidad, se trató de una ruda y vulgar roca. Fue un hacha filosa y oxidada. Oxímoron soberbio. Encontronazo bipolar. Lo desmembraron y le cortaron la cabeza al transeúnte desconocido, al pájaro de estación, al probable oriental en el cuartucho. Las paredes impostadas se tiñeron de una sangre seca que quedaría allí por los siglos de los siglos. Las sábanas en un rincón del árido solar. Y yo con la pañoleta roja, atisbando las piernas amarillas, anémicas y flácidas sobre la camilla improvisada. Ahora y después el fantasma de un alma desconocida flotando por los contornos de La Creche. Sin revelar su ambulación precisa y recta, solo flotando como las buenas auras.

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¿Posee la administración Trump el suficiente aplomo y sobre todo la necesaria prestancia para encarar los embates terribles de la izquierda reaccionaria y herida? Ya hicieron rodar la cabeza de Flynn (ahora se tejen mil y una teorías sobre el particular) y se abalanzan con fiereza sobre Kellyanne Conway. No bastan, según parece, los trajineos histéricos a Ivanka Trump o al propio presidente; la izquierda “demócrata” quiere ver como salpica la sangre. Vendetta pura y dura.

1152

Este poema con estructura de soneto lo construí, sobre todo, basándome en un espectro que va desde versos alejandrinos hasta hexadecasílabos, saliéndome de esos contornos de cuando en vez, he de confesarlo. Otorgarle una sonoridad discursiva me pareció adecuado, por aquello de intentar atrapar la impotencia del poeta ante la inmensidad del verso. Sé de mi fallo, pero al menos lo intenté. Y así seguirá siendo.

Abordaré, poetas, la pesadumbre silenciosa
desde el aborto horrendo que pare la estulticia
y entre manojos vanos de versos y caricias
lamentaré llorando tanta soberbia victoriosa.

Claudicaré gozoso ante la furia de la rosa
que crece libre y buena en el baldío impenitente
de adustos jardines, sombríos y dementes.
¡Cargan el peso insoportable de la prosa!

Luego me rendiré ante el devenir del verso
en las antípodas horrendas del pasado,
en el continuo desgaste del tiempo, atribulado

testigo presencial de este dolor, que es más adverso
que aquel oscuro y denso recuerdo equivocado
con que me regodeo en lo vital y en lo disperso.

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Un soneto a la muerte, que he tratado de escribir con la claridad y la transparencia de las viejas rimas, porque el final es cosa más simple de lo que parece. Quizás, después de todo, imaginar sobre el horror de lo inevitable sea también una invocación de amor por la vida. ¿Cómo saberlo?

La duda de la muerte se aproxima
con cantos y alabanzas de desaire.
No existe la paciencia ni el donaire
en aquel que el final no recrimina.

Se ha muerto la esperanza y se elimina
el desdén de la mira y el tribuno,
ya se adviene el parnaso inoportuno
del terror, del ocaso y de la grima.

Acaso invocaremos mil perdones
para escapar a la ira de la suerte
y sojuzgar lo cruel del cuerpo inerte.

De nada servirán esas pociones
que un día antepusimos a la muerte
y a sus eternas, grises devociones.