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Mañach y la revolución castrista y la virtud. ¡Ah, cuánto daño ha causado el panegírico fuera de lugar, el entusiasmo ilógico y exacerbado, la babosería de los “escribíos y leíos” por esa cosa aborrecible de la igualdad entre las gentes…

“Nos hemos pasado la vida (al menos me la he pasado yo, como escritor público) pidiendo una honda y total rectificación de la vida cubana. Más de una vez escribí que esto necesitaba “una cura de caballo”, “una cura de sal y vinagre”. Y ahora que eso ha llegado, me parece de canijos asustarse… Por lo pronto, la Revolución ha logrado ya aquello que Martí pedía: poner de moda la virtud. Y yo creo que esa proscripción de la venalidad, de la frivolidad, de la irresponsabilidad, ha llegado con tal fuerza acumulada de voluntad y con tanto ímpetu, que no va a ser una simple “moda” pasajera”.

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Jorge Mañach, el mítico intelectual cubano, en trance orgásmico ante el Castro tenebroso y vil:

“Por de pronto, es cierto eso de que Fidel “seduce”. Yo diría que tiene eso que los españoles llaman “ángel”. Un ángel dialéctico y hasta de espada flamígera, como los del paraíso. Pero ángel. A veces se le percibe como en un revuelo de alas. Otras, en la fulguración, en el blandir del anatema. ¡Y qué fuerza de persuasión! (…) Parece siempre que despierta de un vasto cansancio. Parpadea frente a las luces, pone en ángulo las cejas, se rasca un poco la patilla aguerrida. Y empieza a hablar, con la voz ya algo ronca. Explica, arguye, impreca, advierte… Va disolviendo aprensiones. No halaga ni miente seguridades imposibles; pero pide por el bien de todos, por Cuba que le duele”.

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Repasando esta mañana los estados de Facebook, me tropiezo con un vídeo colgado por el amigo Victor Angel Fernandez Calzadilla, donde puede verse a los esposos Ceaușescu, Elena y Nicolae, siendo juzgados por el pueblo, y luego fusilados con ráfagas de metralleta. ¡Ah, qué sensación tan maravillosa se siente atisbando cosas tan hermosas y justas como estas! Hay un acto poético de divina justicia en eso de no perdonar a los verdugos. Es algo de belleza indescriptible y de regocijo inenarrable. El sentir odio y complacencia en las circunstancias adecuadas nos hace bellos, sabios e imprescindibles.

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A pesar de que la historiografía sobre Cuba no suele ser explícita al respecto, y en la mayoría de los casos que conozco ha ignorado rotundamente el acontecimiento, lo cierto es que me llama la atención que a sólo días de que se diseminara en la embajada norteamericana en La Habana la información de que la cúpula de la iglesia católica apoyaba tras bambalinas al movimiento guerrillero del 26 de julio, exactamente el 28 de enero, la propia iglesia hiciera un llamamiento público a un gobierno de unidad nacional donde, por supuesto, Castro y sus secuaces formaran parte del mismo. ¿Pedían acaso los prelados, la capitulación temprana del ejército de Batista?

En su proclama, el episcopado justificaba su alocución afirmando que no existían garantías constitucionales para las venideras elecciones. Pero si se coteja, por ejemplo, el sentido de urgencia que imprimía la iglesia a los hechos en la isla, con la visión que el periodista del New York Times Homer Biger aireaba en la Habana el 23 de febrero sobre su último viaje a la Sierra Maestra, entonces da la impresión de que en toda esta historia algo no calza bien.

Más allá del asombro de Biger por la facilidad con que se podía acceder a las locaciones de Castro y sus guerrilleros en las montañas debido al ralo patrullaje del ejército en la zona, es notable el hecho de que el periodista comprobara en el terreno lo esmirriado de las tropas rebeldes y su escasa capacidad combativa. También creía que Castro tenía una impresión exagerada de la fuerza de su movimiento en Cuba, y sobre todo en las ciudades. Entonces ¿para qué un gobierno de unidad que incluyera a la débil guerrilla de Fidel Castro? Yo creo que es lógico imaginar que, a esas alturas, la iglesia católica aspiraba a un guararey sabrosón y campechano con las huestes vestidas de verdeolivo.

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Santiago parece merecer, a todas luces, el “honor” de contener el mojón de piedra del Santa Ifigenia y su pavoroso huesped.

El cónsul norteamericano en Santiago de Cuba, Oscar H Guerra, escribiría en un despacho al Departamento de Estado, el 21 de enero de 1958:

“El movimiento de Castro posee un atractivo inusual para todos los sectores de la sociedad cubana, ya sea éste legítimo o por conveniencia. El apoyo monetario para Castro y su movimiento proviene de las clases más ricas de esta ciudad. Muchos santiagueros han sido bastante generosos con el dinero salido de sus bolsillos. Muchos de ellos tienen a periodistas y escritores free lance ocultos en sus hogares, mientras que coordinan los arreglos para la finalización de sus viajes hacia o desde la Sierra”.

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Un par de meses antes de que el gobierno norteamericano decretara el embargo de armas a Batista, específicamente el 10 de enero de 1958, el director del Office of Middle of American Affairs, señor Wieland, escribía un desesperado memorándum al señor Rubottom, secretario auxiliar de Estado para Asuntos Interamericanos, recordando los acuerdos sostenidos con la administración cubana acerca de la futura venta de armamentos y municiones con el objetivo de crear “un ambiente político favorable en Cuba”.

Wieland hacía hincapié en solicitudes pendientes: “1) 100.000 rondas de 20 mm de municiones para la Marina cubana. Esta munición sería útil en el control de los movimientos de los barcos pequeños que se sospecha de llevar armas a grupos rebeldes, entre ellos el de Fidel Castro. 2) 10.000 granadas de mano. Sería de esperar que estas serían utilizadas principalmente en la provincia de Oriente, incluida la lucha contra los intentos de quemar los campos de caña. 3) 3,000-75 mm obuses y dos dispositivos de puntería. Es posible que estos pueden ser utilizados en la provincia de Oriente”.

Hacia el final del memorándum, Wieland animaba al señor Rubottom a discutir los temas pertinentes con el embajador Smith, de visita en Washington la próxima semana. “Se sugiere que esta propuesta se discuta con él y, si está de acuerdo, que se le diera autorización para utilizar el hecho de estas aprobaciones como él desea, a su regreso en conversaciones con Batista”.

Como es fácil de deducir, a esas alturas, todo un año antes del triunfo del castrismo, la suerte del general estaba echada. Sólo faltaba la estocada final.

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El 10 de enero de 1958, el encargado de negocios de la embajada norteamericana en Cuba, Daniel M. Braddock, enviaba un despacho desde La Habana al Departamento de Estado en Washington, haciendo notar la posibilidad de que la jerarquía de la iglesia católica criolla estuviera apoyando al movimiento rebelde 26 de Julio, debido a que “se opone al actual Gobierno de Cuba y aprueba la actividad revolucionaria”, según presuntas fuentes consultadas por los servicios de inteligencia. Sin embargo, el propio Braddock ponía en duda un hecho como este y afirmaba que probablemente lo que estaba ocurriendo era que “funcionarios católicos individuales y ciertas organizaciones laicas católicas” eran quienes simpatizaban con el movimiento castrista, y no la iglesia como organización. Al final del despacho, el funcionario promete que la embajada se esforzará en la búsqueda de más información al respecto. ¿Curioso, no?

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Un docente neoyorkino de izquierdas, Shiva Vadhyanathan, con la escasa tolerancia que suele caracterizarlos, desbarra desde las páginas de VQR en contra de la situación política actual, atisbando a un partido demócrata “razonable y sin odio” intentando contener a la otra parte “secuestrada por el odio y el temor”. El discurso panfletario es notorio, pero sin dudas cala en buena parte de los intelectuales y creadores que suelen pasearse por las páginas de VQR en busca de opiniones y algo de poesía norteamericana contemporánea.

Al menos, en la diatriba de Vadhyanathan se revela un hecho factual que aconteció cuando la carrera electoral que enfrentaba al entonces candidato Ronald Reagan y al presidente en ejercicio Jimmy Carter. “Escuchaba acusaciones de que Ronald Reagan era un desquiciado, un inmoderado, un imprudente ideólogo empeñado en revivir los sueños febriles de la John Birch Society. Era la reencarnación de Barry Goldwater, con cadencia y carisma.”

¿Recuerdan lo que les comentaba de la demonización de las sociedades y los hechos, cosa tan bien analizada por Dennis Muchembled? ¿Acaso esta diatriba les recuerda algo? Al menos en este caso, el propio Vadhyanathan termina por reconocer que las comparaciones sobre Reagan resultaron ser exageraciones.

829. Boardwalk Empire

Howard Korder validó en esa sexta temporada de Boardwalk Empire, aquella versión bastarda sobre la muerte de Joe Masseria, que sitúa a Lucky Luciano jugando cartas con el boss en un restaurant de Coney Island. Cuando Luciano se retiró para ir al baño a echar una presunta meada, Vito Genovese, el terrible Albert Anastasia y Joe Adonis irrumpieron en el local y balearon hasta la muerte al rocosísimo Masseria (en la serie solo aparecen en escena un par de pistoleros). A pesar de contradecir lo que se hablaba en los diarios, donde el testimonio de ciertos testigos anulaba la teoría conspirativa a favor de Luciano y Salvatore Maranzano, enemigo acérrimo de Masseria, la realidad es que el asesinato del viejo Joe parece haber ocurrido tal y como se cuenta a vox populis, con Anastasia, Genovese y Joe Adonis disparando sobre el siciliano. Ello explicaría el ascenso de Luciano en Nueva York y el intento de asesinato a Nucky Thompson en plena Habana, dos días después, bajo la probable impronta de Meyer Lanski.

741. Happy Easter

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En el mes de marzo de 1922, una tarde antes de la celebración de Easter, el presidente Warren G. Harding pidió a sus ayudantes que escondieran numerosos huevos de pascua, golosinas y bebidas en el amplísimo jardín de la White House, y en la mañana del domingo un batallón de niños asaltó el recinto. Estos dos compartieron el refresco que encontraron. Una foto congeló la memoria del hallazgo. El instante ha sobrepasado a la muerte y sus olvidos.

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Un comentario que hice a mi estimado Enrique Collazo, historiador serio donde los halla. El tema es polémico, pero esta afirmación que hago resume mi pensamiento sobre tema tan crítico:

“… supeditar todo lo hecho por Batista con relación a los comunistas como “oportunismo político” es un error frecuente en el análisis de la república. Batista era un ser de izquierdas, incluso cuando reprimía a los comunistas tras el golpe del 52. Sus programas políticos, su plan trienal, sus discursos y acciones, son un reflejo de sus intereses políticos, de su visión ideológica. El Departamento de Estado, por ejemplo, siempre lo consideró un hombre de izquierdas. Aquello de Batista como HOMBRE FUERTE DE LOS AMERICANOS no pasa de ser un mito, y lo voy a demostrar en mi libro, por cierto”.

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La afirmación de H. Bartlett Wells que asegura que el conflicto entre auténticos y comunistas en 1947 giraba en torno al control político y no a la existencia de discrepancias en asuntos domésticos sociales o económicos, refuerza la idea sostenida por Robert Whitney y otros estudiosos acerca del carácter confrontacional, de poder, que dividió a la izquierda en tiempos de la primera administración de Grau, tras la revolución del 33. De allí la existencia de una izquierda anticomunista en esencia; y otra que respondía a las directrices ideológicas de Moscú (curiosamente Wells enfatiza que los comunistas cubanos recibían solo asesoramiento y apoyo en materia de ideas, no en dinero). El debate que debe darse con cierto grado de seriedad está allí, en las génesis de ambas corrientes izquierdistas que dominaron la política criolla desde la post revolución de Machado hasta el triunfo del castrismo.